Me gusta hacer un pequeño experimento cuando estoy de vacaciones: coger dos versiones del mismo producto, la tradicional y la «light», y comparar sus etiquetas. El resultado suele ser revelador.
Un ejemplo real: dulce de leche
Versión tradicional, por cada 100 g: 315 kcal, 55 g de hidratos de carbono y 8 g de grasa. Versión zero, por cada 100 g: 300 kcal, 40 g de hidratos y 11 g de grasa. Es decir, quince calorías menos por cada cien gramos, menos azúcar pero más grasa. Por cucharada, la diferencia son unas tres calorías.
¿Y el precio?
La versión zero costaba más del doble. La pregunta que te dejo es sencilla: ¿pagarías el doble para ahorrar tres calorías por cucharada?
Qué hacer entonces
«Light», «zero» o «sin azúcares añadidos» son reclamos comerciales, no garantías nutricionales. Da la vuelta al envase y mira la tabla: calorías, hidratos, grasas y lista de ingredientes. Si el producto sigue siendo un ultraprocesado, seguirá siéndolo con la etiqueta verde.
¿Hablamos de tu caso?
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